Cuando un estudiante de hostelería decide especializarse en la elaboración de pasteles, no hay ninguna duda de que sueña con una cosa: hacer algún día pasteles de boda. Pero hasta que ese día llegue en algún momento, se debe preparar convenientemente, buscando su estilo y aprendiendo a realizar elaboraciones más simples para poder ir acostumbrándose al mundo de la repostería, pues es evidente que no es lo mismo hacer una docena de magdalenas para uno mismo que llegar a fabricar casi en serie todo tipo de dulces, como pastas, galletas, pasteles y bizcochos con la maestría y el toque que solo un profesional puede darle.

 

Después de tamizar kilos y kilos de harina, de mezclar y batir cientos de docenas de huevos y de ver como un simple bizcocho se convierte en toda una obra de arte, el aprendiz de reportero qye realmente sienta la profesión se dará cuenta de que lo máximo a lo que puede aspirar un pastelero no es a realizar una tarta de boda por muy espectacular y gigantesca que sea. Lo realmente importante, lo que de verdad le da sentido a este profesión, es el hecho de que alguien pruebe una de sus creaciones y puede apreciarse en su cara que está disfrutando del momento, que el bizcocho, la pasta o la galleta, por muy sencilla que pueda parecer, en ese momento está dejando en el paladar una sensación de que no hay en el mundo nada más delicioso. Esa es una sensación que muy pocos consiguen ver en la cara de sus clientes, pero sin duda merece la pena todo el esfuerzo que se realiza si algún día se puede sentir esa sensación por parte de alguien que haya degustado alguna de sus creaciones. Esa es la verdadera esencia de lo que se aspira cuando alguien decide ser pastelero.