El diseño, antes que nada, es representación del deseo y la necesidad. Al decir esto sólo basta preguntarnos lo siguiente a manera de ejemplo: ¿tiene el encendedor que ser amarillo para arder el tabaco de la pipa curva, semejante a las pipas con que fumaran los abuelos retratados en postales litográficas dentro de márgenes ornados de flores como vitrales art noveau en colores cálidos para semejar alegría y tranquilidad natural necesaria entre el rugir de máquinas parecidas a cucarachas?

El mencionar cada detalle en el ejemplo anterior no es ocioso, al contrario, nos indica que efectivamente el diseño es representación del deseo y la necesidad.

Es innegable la utilidad de una bombilla eléctrica como innegable que su forma sea redonda como una gota. De la misma manera los productos dirigidos a los amantes son siempre rojos, negros o morados y cada vez que alguien busca decir lo feliz que se encuentra se baña en verde y amarillo.

Los objetos son extensiones de nuestros órganos y nuestros deseos, traemos a la vida un sinfín de cosas a las que circularmente damos y luego nos dan vida.

Existir, al menos por ahora, es un moverse entre cosas, entre un mar de cosas sin las que careceríamos de lo que esencialmente nos convierte en humanos, el artificio, la negación del animal, la palabra.

El diseño es discurso, las cosas poseen la forma del pensamiento, pero más allá de esto, diseñar es construcción del mundo; desgraciadamente prevalece la estafa y la funcionalidad, aquello que genialmente pudo imaginar un diseñador lo aplasta el constructor y el contratista. Las ciudades son cementerios perpetuos.

El diseño puede llegar a convertirse en todo un arte si apartamos de él un poco la necesidad de construir un mundo específico y sólo dejando a la imaginación y a la creatividad hacer su labor.